miércoles, abril 02, 2008

Bautismo de fuego y sangre


Tarde de toros servida como colofón y guinda roja del pastel de unas fiestas salpicadas de intensas vivencias y emociones, reencuentros, amistades, hermandades, alegría y paz de espíritu. Mi primera experiencia en la fiesta nacional (de la que siempre recelé) se ha visto reforzada por haberla vivido de forma privilegiada desde dentro de aquellos que la respiran cada día y la laten desde los mas hondo de su alma. Fue una novillada en Fortuna de fortuna, acompañado de mi hermano Juan Bastida, después de que la semana anterior hubo que suspenderla por el mal tiempo pero al menos pude conocer al futuro matador de toros y los extraordinarios miembros de su cuadrilla.
Esta vez después de un entierro de sardina apoteósico, casi empalmando un acontecimiento detrás de otro, el sol brilla intenso, día de toros nos decimos. Allá nos dirigimos a comer con toda la familia taurina de Juan Belda, niño divino, grande por fuera y por dentro, talento en bruto, del que su entrenador, José María Ortín, persona de corazón enorme, trabajador incansable, perfeccionista, intuyo que va a pulir a base de mucho esfuerzo y tesón, con espíritu de mejora continua que comparto, para resplandecer fulgurante en los ruedos.
Comer con ellos fue el principio de un día glorioso, compartiendo bonitos pensamientos, vivencias y sentimientos. Para rematar antes de comenzar la batalla veo vestirse al maestro (para mi ya lo es), algo privilegiado, un honor, un profano profanando un santuario sagrado, rebosante de santos, rituales y devoción pero con humor y alegría. Se nota que hay ganas de ponerse manos a la obra. Y el maestro Juan apadrinando a Juan, un maestro apadrinando a otro maestro, poniéndole sobre el pecho la cruz que mi Pepa le colocó a Juan para bendecirla en la Luz. Eso es amor.
Salimos hacia el coliseo, nervios, me coloco entre la barrera, pisando la arena, otro privilegio para un profano. Primera bestia, ¿eso es un toro o un novillo?. Topetazo brutal y violento del picador a la barrera justo a mi lado. Subidón de adrenalina, miedo y placer. Veo a algunos de los novilleros como maquinas de dar pases, sin alma, bien ejecutados pero sin cabeza, fotocopias de baja calidad de toreros. Pero sale Juanillo y empieza la danza mortal. Colocado como un bailarín, sobre la tierra se mueve y mueve al toro con estilo, suavemente, sin apenas aspavientos, marcando los tiempos elegantemente. Rugen los olés y aplausos. Llega la hora de la muerte y no cae, hay que rematarlo. Mejor, pienso, no todo está hecho, de esto se aprende a luchar para perfeccionar. Dos orejas y regocijo.
Segunda bestia para el figura. Este va a por el, se acerca peligrosamente, los uys y los olés se entremezclan, nervios a flor de piel, le golpea y rueda por el suelo. Se rehace y dice, no vas a poder conmigo, demonio, me enfrento a ti, sigue con cojones esquivando al peligroso francotirador, mirándole a los ojos con valentía, desafiándole y finalmente lo remata con rabia. Dos orejas y el rabo. Ahora toca disfrutar del calor humano de este muchacho, que se acerca a todos con sempiterna sonrisa en los labios, después de ganar un combate con un intercambio de golpes durísimo. El dolor es efímero, la gloria es eterna.
Dios mio que momentos de tensión, debo abrazar a mi hermano Juan Bastida entre lágrimas, este hombre tiene tanto corazón que era como si hubiese visto a su hijo siendo atropellado por un autobús para levantarse tan campante y cantar a los cuatro vientos: aquí estoy yo.
Si todo esto fuese poco para saciar mi hambre de vivencias, hubo un postre de lujo. ¿Como explicar con palabras el puro sentimiento y pasión de esta gente?. Cenar con toda la cuadrilla, relajados, compartir lecciones de toreo, de enfrentarse al día a día con tesón, arrancándose mi hermano con coplas, una y otra, arte en estado puro. Mi cerebro no puede asimilar tantas cosas bonitas, apenas puedo observar alegre hasta la médula esta cena de camaradería y casta. Me resulta imposible relatar algo así, solo puedo daros infinitas gracias amigos mios, cuando se transpira este ambiente las palabras sobran y solo queda el aroma de lo vivido.

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