lunes, mayo 25, 2009

La lechuga y la tierra

Érase una vez una lechuga feliz. Vivía en la huerta junto a tomateras, higueras, cerezos y limoneros. Todas las mañanas sonreía al sol o se reía con las gotas de agua que regaban su cara. Unas veces dormitaba la siesta a la sombra de las nubes o el fulgor de la tormenta le hacía temblar de emoción. Cada cierto tiempo, el labriego le obsequiaba con agua fresca de la acequia. Un buen día, los hombres del malvado rey se llevaron al buen huertano por unas deudas de tierra. La lechuga siguió creciendo feliz aunque echaba de menos el agua canalizada. Al anochecer, después de un día especialmente seco, la lechuga se dio cuenta de que sus amados amigos de la huerta se estaban secando como ella. A la mañana siguiente, replegó sus hojas y las introdujo en la polvorienta tierra, sacando de cuajo sus raíces. Comenzó a caminar como los hombres, a veces tropezaba un poquito con la falda de sus hojas más verduscas y largas, pero se le daba maña el caminar. Por fin llegó a la compuerta, instaló sus raíces junto al agua, para estar siempre regada y liberó al azul fluido hacia las sedientas plantas. Esa noche en la huerta se celebró una fiesta, no en honor de la lechuga, ni del agua, ni del río, sino de la tierra casi convertida en baldía, pues ella le hizo nacer patas a la esperanza y echar raíces al alma.

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